martes, 6 de octubre de 2009
El le caía bien a todos mis sentidos, salvo cuando la otra era el tema de hablar, cuando su confesión lastimó mis oídos, me dije no lo escuches, no te ahogues en su mar. Yo abrí de par en par las puertas de mi alma y dejé que saliera mi secreto peor, disimulando lo triste y conservando la calma le dije "aunque no creas, estoy buscando amor". Nos rendimos los dos a fingir como tontos que yo el era mi marido y yo era su mujer, pero al cabo de un tiempo el no quería ser mi esposo, y yo quise volver a ser la dama infiel. Ahora el está feliz, volvió con la idiota, yo recorro las calles buscando otro hombre, y aprendí que mentirse tiene patas muy cortas, que siempre la costumbre va a matar al placer.